Pasarán las edades y cambiarán los tiempos, pero los sentimientos humanos serán los mismos. Sé que los futuros lectores que pongan sus ojos en estas palabras quedarán impresionados del mismo modo.
Wang Xizhi (año 321/379)
Estoy sentado frente a una mesa en la biblioteca de una universidad bogotana mientras escribo estas palabras. A mi alrededor, estantes abarrotados de libros de papel, así como revistas de los más diversos temas se convierten en muros que protegen a quienes nos sentamos con textos para su estudio. Docenas de estudiantes deambulan por los pasillos y escaleras, con sus cuadernos para tomar notas y, en muchos casos, algún tipo de dispositivo digital para capturar la realidad (o verla mejor a través de ellos).
El muchacho al frente mío termina su labor y cierra el computador revisa la pantalla de su celular, responde rápidamente un mensaje, mete un par de libros en su maleta, y parte sin despedirse. Mientras tanto,
yo escribo en el programa que se usó para diseñar este libro y tengo en mis oídos audífonos que me dejan escuchar sonidos de Japón mientras golpeo las teclas y creo las palabras que componen este prefacio que ahora, en no sé qué condiciones o dónde, estás leyendo.
Y pienso que es un buen momento para que nos presentemos. Mi nombre es Pablo y en este libro hago las veces de escritor, que a la larga es tan solo un selector del contenido que debe ser puesto sobre estas páginas. Respondí a la amable invitación de la editorial para redactar un texto que guiara a los lectores por el maravilloso mundo de los hipertextos. Y con placer acepté ya que, de no ser por los libros y sus contenidos, nada de lo que me rodea se hubiera podido dar.
Soy bogotano y colombiano, como muchos de ustedes. Nací a finales del siglo XX y me tocó ver el inicio de la era de los computadores, y vengo de una casa donde los papás (profesores los dos) siempre creyeron que era más importante tener libros para leer que otro tipo de objetos. Y así, cuando no era muy variada la comida, el texto de un cuento me transportaba a los manjares de las comidas de personajes ficticios e históricos y, como si de la mejor salsa mágica se tratara, mis alimentos cambiaban de sabor.
Otras veces, encerrado en el apartamento, abría un libro y volaba a los más diversos universos, viajes de los que siempre volvía cargado de algo, como si de un Marco Polo se tratara. Y con el tiempo, fueron ellos, los textos, los que me abrieron las puertas de oficios que, con sus retribuciones, me han permitido viajar por el planeta, ahora sí en realidad.
Desde que el hombre aprendió a hacer signos, inició la labor de plasmar historias y enseñanzas entre desconocidos. El lenguaje, la imagen, los números, garabateados en las más diversas superficies, han permitido que hoy, en el siglo XXI, seamos capaces de entender cómo vivían, amaban y pensaban los pobladores de cada anterior cultura que ha pasado por el planeta. Cada uno ha dejado su granito de arena en la construcción de la humanidad, en todas sus variaciones y expresiones.
Tengo claro que sin los textos, esto hubiera sido imposible. Pero hoy la ciencia nos ha dado herramientas poderosas que interconectan nuestras ideas mediante aparatos que tienen superficies que tocamos sin tocarlas. La aparición de los computadores y su evolución digital, así como el progreso de los sistemas de comunicación, ha permitido liberar el texto de los papeles, las piedras, los metales, los vidrios y demás superficies tradicionales y los ha entretejido en un universo de luz y oscuridad. Las pantallas que ahora usamos nos permiten ver ideas escritas entrelazadas con otros, o con imágenes, o sonidos, o videos o animaciones. Y ese, precisamente, es el mundo que nos han traído los hipertextos.
El libro que tienes en las manos es una guía de recorrido de este viaje que, en poco menos de un siglo, ha revolucionado la forma como el hombre se comunica de manera tan profunda que sólo con el tiempo la
humanidad podrá comprender realmente. Y para nuestros países latinos, es una oportunidad nueva de conectarnos con la realidad mundial de manera más estrecha y permanente.
Si en el pasado el hombre limitaba el viaje de las ideas a las posibilidades de las rutas comerciales físicas, hoy contamos con numerosas vías para llevar, desde el más humilde punto del planeta cualquier contenido hasta el centro de poder más influyente de la tierra. Cada uno tiene una historia para plasmar y lo que se amplió fue la gama de herramientas que se pueden emplear para hacer eso posible.
Estamos en la infancia de estas tecnologías y por ello, antes que centrarme en ejemplos puntuales y desarrollar teorías muy complejas, he preferido darles una vuelta por este nuevo mundo y sus posibilidades. Ustedes están en el colegio y yo a la mitad de mi vida, pero compartimos la sorpresa ante cada nuevo invento, ya que todos juntos recibimos las herramientas y las exploramos desde nuestro muy particular espacio vital.
Así pues, daremos un vistazo a la historia de la comunicación con signos y superficies, y luego entraremos en el recuento de los cambios tecnológicos que nos han traído hasta la comunicación digital de nuestros días. Conoceremos historias de inventos y escritos y veremos cómo todo, de alguna manera, siempre se mantiene conectado. Ahora, el pasado de la humanidad comparte pantalla con el presente y el futuro, por lo que las formas y estilos de escritura están en mutación permanente.
Además, el libro servirá como ejemplo de muchas de las tecnologías comentadas, y aplicará ideas novedosas como la libre reproducción para fines no comerciales que, bajo la licencia de Creative Commons que protege la obra en su versión digital y, amplía la posibilidad de impacto que estas palabras pueden tener.
Este título lo vas a leer, oír y ver… y luego lo vas a revisar ante cámaras o tal vez te vas a suscribir a sus ideas, o te meterás en su grupo en las redes sociales. Lo llevarás en la maleta, el celular, la pantalla del computador o cualquier otro aparato que no podamos ni imaginar al momento de escribir este prefacio que, al final, quedará consignado como un texto normal, en papel, tan clásico como los que me rodean en la biblioteca.
Pero el texto, éste que lees donde quieres, es ya un hipertexto. Un texto más allá del texto… No todo lo que dice está en el papel, ni todo lo que cuenta quedará igual; se va a mover, va a crecer, se va a ajustar. Está vivo, y lo podrás seguir en sus cambios, y ampliarlo gracias a sus conexiones externas.
¿Muerte del libro? No creo. ¡Si éste acaba de nacer! Lo que pasa es que es mutante...